Saturday, August 17, 2019
 



Cristóbal Gabarrón o la estética del reencuentro

Sami Naïr

 

Las grandes obras de arte no sólo desafían a su tiempo sino que continúan desafiando a las generaciones posteriores. Nada ni nadie logrará jamás volver a pintar la Mona Lisa, aunque muchos puedan pintar a Mona Lisa. La diferencia estriba en que la de Leonardo de  Vinci es única y las de sus imitadores no pueden ser sino una pálida reproducción. Cuando Manet intentó volver a pintar la Maja Desnuda, sabía que de ningún modo podía rivalizar con Goya; sabía que tenía que hacer una cosa diferente, con el mismo tema: Olympia  es el resultado de esa renovación. Y es que el arte es por definición lo opuesto a la imitación, como tampoco puede limitarse a una simple reproducción. Drama infinito para el fotógrafo que, haga lo que haga, y por muy artista que sea, es prisionero del equipo técnico que le permite reproducir fielmente la imagen. Por esa razón, cuando un gran artista como Cristóbal Gabarrón, se enfrenta a ese increíble monumento universal que es la Alhambra es consciente de los escollos que deberá evitar: la imitación y la reproducción.

El conjunto escultórico de la Alhambra que ahora nos presenta, es un ejemplo de lo que todo autor consciente de los misterios de la creación artística sabe que hay que hacer: es decir, la obligación imperativa de no copiar o reproducir fielmente, sino de recrear totalmente, íntegramente, la obra elegida como pretexto. Pues el verdadero creador sólo conoce la innovación, que rompe con lo que es, con lo que ha sido, sabiendo también que está condenado a verse superado por lo que será. André Malraux decía que la diferencia entre Picasso y Leonardo da Vinci puede reducirse a una cosa: si Picasso ve una obra de Da Vinci, puede comprenderla; por el contrario, no es nada seguro, incluso es improbable, que si Da Vinci viera una obra de Picasso fuera capaz de entenderla. Pues los tiempos han cambiado, los útiles conceptuales no son los mismos, las representaciones se han metamorfoseado.

Cuando Cristóbal Gabarrón se consagra a edificar sus Torres de la Alhambra no es para rendir homenaje a los ingenieros y arquitectos musulmanes que concibieron esas formas tan poderosas y, al mismo tiempo, tan frágiles en su fuerza, sino para que los ingenieros y arquitectos del siglo XXI y de los siglos venideros, puedan comprender cómo se crea hoy una torre  y lo que significa una torre en la era de la física cuántica y de la teoría de la relatividad. La forma no es ya la misma, las Torres han dejado de ser redondas, las líneas rectas no son necesariamente la distancia más corta entre dos puntos. Las Torres de Gabarrón son a las de la Alhambra lo que el  Museo Guggenheim de Bilbao, creado por Frank O. Gehry es a la arquitectura moderna: una desviación, una deconstrucción, una ruptura, una reinvención de la forma, un nuevo objeto en suma. ¡Y sin embargo es un museo! ¡Y sin embargo son torres!

Y es más: cuando se trata de la Alhambra, uno se enfrenta a otra cultura, e incluso a otra civilización. La diferencia entre la cultura desde la que habla Gabarrón, la del siglo XXI, y la que subyace en la creación, a partir del siglo XI, de las torres de la Alhambra es la diferencia que separa lo profano de lo sagrado. Pues el palacio iniciado por los ziríes y remodelado hasta que el fino e inofensivo Boabdil fue derrotado es también una obra en la que siempre está presente el lenguaje divino.  Gabarrón dibujará en sus torres los recuerdos de esa simbiosis entre la forma y lo sagrado mediante la evocación de las letras del lenguaje sagrado del Corán.

Es sabido que Europa se construyó a través del rechazo, o al menos de la diferencia, y sobre todo de la dominación del Otro, y especialmente del Islam. Pues el Islam contestaba su preeminencia en el espacio mediterráneo y le oponía una civilización que no solo la sometía sino que también podía abatir definitivamente las bases del cristianismo occidental. Desde el siglo VII es una historia de conflictos y encuentros, de fusión y disociación, de amor y odio, de fascinación y rechazo. Una historia mutua, por supuesto.

¿Saldremos de ella? Si creemos en el significado profundo del trabajo de Gabarrón, es posible que sí. Pues él retoma esas torres como si no pertenecieran a tal o cual cultura, sino a un patrimonio común, el del área de civilización mediterránea.

Tomemos  Alhambra II, la torre de las Armas, se ve una forma poliédrica o emparentada con ella recortada que se escota hacia lo alto dibujando una v y dejando escapar una especie de diente hacia un destino incierto. Su significado ya no es el de una torre de defensa, y menos aún  un símbolo del que puede emanar fuego y muerte. Es más bien un juego de colores, en este caso un rosa rojizo frenado por un azul luminoso coronado, a su vez, por un conjunción de rosa, amarillo, azul, primero oscuro y luego deslavado, de verde, de gris --una anarquía de tonos que recuerda tanto la luminosidad mediterránea como la infinita diversidad de suelos, mármoles, rocas que habitan las dos orillas del Mare Nostrum. Esa torre ha perdido todo su significado funcional --el de vigilar, defender y eventualmente castigar--, por el contrario adquiere una forma totalmente nueva, la de la alianza de los tonos de un espacio dado y de un encuentro anunciado entre las culturas. Se convierte en arte. O más bien, era arquitectura y pasa a ser un objeto de contemplación plástica. El artista ha pasado por ella. Ha desempeñado el papel de un “desviador” de significado, de un recreador de sentido. De un “pasador” de culturas.

Todas las torres de Cristóbal Gabarrón pertenecen a la misma veta: buscan lo que une, transforman en apertura plástica lo que podría enclaustrar, hacen del arte un instrumento de superación, de encuentros, de esponsales culturales. Son una creación nueva, que se apoya en esa joya inconmensurable que es la Alhambra, y le rinden el mejor de los homenajes al recrearla con los ojos del siglo XXI. Hay una estética de Cristóbal Gabarrón, la del encuentro de las formas, de los colores, de las culturas. Una estética de la vida.          

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